Colocando la “piedra fundamental”

Represa Rincón del Bonete - Colocando la “piedra fundamental”

La colocación de la piedra fundamental de la obra del Rincón del Bonete no estuvo exenta de particularidades, empezando por el mismo lugar donde fue emplazada: Paso de los Toros, y no en el lugar de la presa. Además el presidente Terra no estuvo presente, pero sí mandó a su "Primera dama" y una grabación con un mensaje de nada más y nada menos de hora y media. No faltó nada: se comió asado con cuero y se repartieron alimentos entre familias pobres. Y el broche de oro: sendos telegramas entre el dictador alemán (Hitler) y el "exdictador" oriental (Terra). Y si faltaba algo, esa misma noche algún "amigo de lo ajeno" se llevó el pétreo recordatorio, probablemente para su casa y nunca más nadie la vio.

La construcción de la represa por parte de un consorcio alemán no debe llamar la atención. Con el ascenso de Hitler al poder el 1933, Alemania se había lanzado a la conquista de nuevos mercados donde colocar su producción industrial y América Latina era un territorio propicio teniendo en cuenta que la crisis económica había disminuido los lazos con el Reino Unido.

Además el rápido éxito de la economía alemana bajo el nazismo seducía a varios dirigentes políticos latinomaericanos y Uruguay no escapó a ese fenómeno, más teniendo en cuenta que además existía una aproximación "filosófica" de ciertos actores locales al régimen totalitario. Por ejemplo, figuras vinculadas al gobierno de Terra recibieron condecoraciones por parte de Hitler: el Ministro de Obras Públicas Martín Etchegoyen, el Ministro de Relaciones Exteriores José Espalter, el presidente de UTE Bernardo Kayel, entre otros.

Todo ello hacía que existiera cierta atmósfera "filogermánica" por aquellos tiempos, atmósfera ésta que no faltaría cuando "oficialmente" (o mejor dicho "ceremonialmente") se diera comienzo a las obras en el Rincón del Bonete.

Colocación de la "piedra basal"

Se supone que toda obra, comienza con un primer elemento "basal" o "fundamental". Y que ese primer elemento, es parte de la misma obra. Al menos así lo entiende el sentido común y Real Academia española ("... fundamental: la primera que se pone en los edificios").

Pero, la represa del río Negro la tiene a una decena de kilómetros de donde está su emplazamiento. Quizás por que el meandro en 1937 era un punto inaccesible en muchos sentidos (no tenía caminería, ni vía férrea) y el gran acto que se programó para publicar a los cuatro vientos que la obra comenzaba se hizo en un lugar un poco más "adecuado"... adecuado, al menos, para un gran festejo y acto de masas.

El 18 de mayo de aquel año (en otro aniversario de la Batalla de las Piedras) se colocaba la "piedra fundamental" de la obra del Rincón del Bonete ni más ni menos en la avenida 18 de Julio casi Sarandí, de Paso de los Toros.

En efecto: una multitud de doce mil personas (muchos de ellos funcionarios de UTE) fue traslada en ferrocarril desde Montevideo a la ciudad, hacia un acto festivo donde se distribuyeron alimentos a la población necesitada, contó con bandas militares, hubo asado con cuero en el Parque Municipal, y el cielo fue surcado por el vuelo de aviones de Ejército y de PLUNA.

Un día antes, habían sido enviados desde Montevideo, acoplados entre si y totalmente vacíos, cuatro nuevos coches motocar marca Brill con el objetivo de exhibirlos a la comunidad.

Tales coches causaron gran admiración, pernoctándo en la estación detenidos hasta el otro día, cuando llegaron otros dos trenes con la comitiva.

El segundo de ellos fue quien trajo a la esposa de Gabriel Terra (doña María Marcelina Ilarraz Miranda), ya que el antes dictador, ahora avenido en "presidente interino" no concurrió al evento temiendo un atentado. Cabe señalar que Terra ya había sido protagonista de un intento de asesinarlo en 1935 en una reunión en Maroñas a la que asistía su par brasileño (exdictador y presidente interino) Getulio Vargas.

No obstante, Terra estaría presente mediante el envió de un muy largo (de más una hora y media de duración) discurso grabado que fue difundido por una red de altoparlantes, siguendo la ejecución del Himno Nacional y palabras (estas "en vivo") del Ministro de Obras Públicas Dr. Martín Echegoyen, del Embajador de Alemania en Uruguay Hans Moraht y del representante del Consorcio alemán el Dr. Karl Stoop.

Adolfo Hitler, canciller y presidente de Alemania, y líder del partido nacional-socialista Tampoco faltó a la cita el por entonces Reichskanzler (canciller) y Führer (presidente) y líder del Partido Nazi de Alemania, Adolph Hitler, ya que para el cierre del acto se tenía reservado la lectura de sendos telegramas entre éste y Terra. El primero decía:
    "Berlín, 17 de mayo de 1937. Excelentísimo señor presidente de la República Oriental del Uruguay, doctor don Gabriel Terra. Al buen éxito de la obra monumental del río Negro, comenzada por iniciativa de su gobierno, expreso a su Excelencia mis más sinceras felicitaciones. Adolfo Hitler, Canciller del Tercer Reich".

Y la respuesta versaba:
    "Montevideo, 17 de mayo de 1937. Al Excelentísmo Sr. Adolfo Hitler. Führer Und Reichanzler. Berlín. Agradezco a V.E. su cordial felicitación con motivo de la iniciación de las obras hidroeléctricas del río Negro. Confío en el éxito de las mismas porque serán realizadas por técnicos alemanes de gran reputación científica y tradición honorable. Nunca olvidará nuestro país todo cuanto ha hecho el gobierno de V.E. para facilitar la realización del contrato. Y tengo la seguridad de que a través de estas obras, cuyo impulso inicial celebra hoy el pueblo uruguayo, nuestros dos países han de sentirse cada día más vinculados en su firme amistad. Gabriel Terra, Presidente de la República".

No obstante, pasado el festejo, disipados los humos de los fogones de los asados con cuero, con los "más necesitados" llevándose paquetes a sus hogares (que seguían siendo tan necesitados como antes), con los doce mil acarreados en trenes y la comitiva con Primera dama y todo de regreso a Montevideo, la represa del Rincón de Bonete no era más que esa piedra a una decena de kilómetros de donde sería su emplazamiento... Y así quedó por seis meses: las obras no empezarían si no hasta noviembre de 1937.

Pero sin lugar a dudas lo más surrealista fue que alguien, probablemente deseoso de quedarse con algo menos perecedero que el antes mencionado asado o los alimentos repartidos, y como indudable recuerdo de tan "fastuoso" acto logró llevarse (sin que nadie se diera cuenta) la tan mentada piedra "fundamental"... y hasta el día de hoy no se sabe de su paradero.

Textos y contextos


Adolfo Agorio: Teórico del fascismo uruguayo


Adolfo Agorio Extraído del artículo titulado "Uruguay: La revolución conservadora (1930-1940)" de Alfredo Alpini en el revista "Relaciones" (nº 215, octubre de 2002)
    Adolfo Agorio fue el caudillo, el Gran Hombre de los revolucionarios. Liberal batllista en la juventud, socialista en los años veinte, escéptico y nihilista destructivo en los años de entreguerra, simpatizante del fascismo luego...A fuerza de buscarla, Agorio nunca encontró la Verdad. Leopoldo Lugones, Giovanni Papini, fueron otros tantos que abrevaron en distintas aguas, en un mundo de incertidumbres del que no fue ajeno Agorio. Porque la vida para ellos era "vivir peligrosamente". El sentido de la existencia era el ideal heroico en oposición a la vida burguesa, de chata mediocridad, y al hedonismo de la plebe. El culto a lo heroico era, para ellos, el rechazo del espíritu superficial y materialista, el desprecio por la seguridad. Esta se debía sacrificar por un ideal, por la acción.

    Agorio se destacó como periodista, ensayista y crítico teatral. Fue, además, viajero incansable y entusiasta defensor del mundo de las Ideas. Formó parte del grupo de críticos y ensayistas que ascendió a la vida intelectual entre 1915 y 1920. Entre los que se destacaron encontramos a Dardo Regules, Gustavo Gallinal, Alberto Zum Felde, Antonio M. Grompone, Emilio Oribe y Horacio Maldonado.

    La primera etapa intelectual, inscripta en las ideas liberales, transcurrió desde su ingreso en la redacción de "El Día", en 1914, hasta la publicación de la obra "Ataraxia" en 1923. Desde las columnas del diario batllista siguió el desarrollo de la Primera Guerra Mundial defendiendo la causa de los aliados y las ideas democráticas. Con la trilogía "La Fragua" (1915), "Fuerza y Derecho" (1916) y "La Sombra de Europa" (1917) ganó vasto renombre intelectual, tanto en Uruguay como en Europa. Como dato relevante cabe consignar que su primer libro fue prologado por el expresidente del Consejo de Ministros de Francia, J. Caillaux, y que en 1917 el gobierno de Clemenceau le otorgó la medalla de la "Reconnaisance National", en mérito a sus esfuerzos intelectuales favorables a Francia durante la guerra.

    La trilogía mencionada reúne las crónicas e ideas que él escribiera sobre los sucesos de la guerra mundial. La guerra representó para Agorio la lucha entre la democracia y el militarismo imperialista encabezado por Alemania. "En la angustiosa partida –dice Agorio- se juega la suerte de las libertades humanas y de la democracia internacional". (1) Francia –que a fines de los años treinta representaría para el ensayista todos los males ideológicos del mundo contemporáneo- era en 1916 "la verdadera madre de nuestra alma", la que "nos ha formado en la escuela de la democracia". (2)

    Finalizada la guerra, los tiempos cambiaron. La causa aliada ya no fue objeto de atención para Agorio. En 1919 publicó "La Rishi-Abura. Viajes al país de las sombras", una novela de corte fantástico, metapsíquica y ocultista, donde se narraban las aventuras exóticas y siniestras de una bruja en los pantanos de la India.

    La obra que lo apartó definitivamente del liberalismo y de la democracia fue "Ataraxia" (1923), publicada en Madrid. El desdén de Agorio hacia la democracia asumió un tono violento y destructivo. Lo único que producía esa forma de gobierno era medianía niveladora, el materialismo y el hedonismo del demos. Argumentaba que la ley del número excluía el perfeccionamiento selectivo y acarreaba la descomposición de los valores morales que hacían la verdadera esencia humana. "La democracia es la superchería que más ha perdurado a través de sus diversas formas contradictorias. (...) Es el invento por el cual se ha hecho creer a los pueblos que ellos gobiernan". Más adelante afirmaba que "faltaba la teoría que explique el fin del mundo por la democracia, que es la descomposición de todos los valores nobles que hacen la única dignidad del hombre". (3)

    La historia ha sido, entiende Agorio, la dominación de la estirpe de los amos sobre la estirpe de los esclavos. "Las muchedumbres, [que] son genéticamete ingratas", (4) y no comprenden los verdaderos valores nobles, deben ser contenidas por una minoría que nació para dominarlas. Para encauzar la moral del rebaño que tiende a invadirlo todo nació el conductor, el Dictador. "La especie forja en los dictadores las defensas naturales contra ese culto excesivo del rebaño que convierte a los espíritus superiores en células muertas de un todo inorgánico". (5)

    En 1925 Agorio viajó a la Unión Soviética y escribió sus reflexiones en "Bajo la Mirada de Lenin" (1925). Para varios críticos –entre ellos Zum Felde- este libro era contradictorio con sus posteriores obras, donde exaltará el ideal fascista. Sin embargo, las contradicciones no eran tales. Para Agorio, la disciplina y el orden eran bienvenidos tanto si los establecía el comunismo o el fascismo. "Lenin hoy es tan fuerte como Marx, y querer modificarlo significa lo mismo que pretender corregir a Dios". Los comunistas, como los primeros cristianos, poseen una "disciplina de hierro" que "salvó entonces la integridad del espíritu" religioso, del mismo modo que "la inquisición roja constituyó un innegable factor de victoria para el bolchevismo". Por el contrario, "los partidos burgueses carecen de disciplina, porque no saben lo que quieren ni a dónde van"; a diferencia de estos, "ser miembro del partido [comunista] impone sacrificios, deber de responsabilidad de todo género". (6) Si en esta argumentación sustituyésemos bolchevismo por fascismo, coincidiría perfectamente con lo que Agorio afirmará luego del ascenso de Mussolini y Hitler al poder.

    Con la publicación de "Roma y el espíritu de Occidente" (1934), Agorio se consagró como un intelectual entregado al fascismo y al ideal ascético de la vida. Este libro constituyó, para su autor, lo que para Leopoldo Lugones fue el "Discurso de Ayacucho" (1924): había llegado la "hora de la espada" para las sociedades modernas. Una autoridad indiscutible, la voluntad de dominio del Estado, "se imponía como un medio de vivir socialmente". (7) La civilización moderna podría resucitar si el Estado recuperaba el principio de autoridad, de manera que contuviera "los egoísmos primarios", el imperio de "las cosas materiales que perturban el verdadero significado de la vida humana". (8) Occidente, que se hallaba inmerso en la decadencia moral y política por obra del liberalismo y de la demagogia democrática, sería salvado por el fascismo, que encarnaba los valores de la "Roma eterna". "´Roma o muerte´ es el lema que cobijó los prolegómenos de la revolución fascista, como un ideal de la suprema jerarquía del sacrificio contra el dominio de los bienes materiales. (...) Ahora es el Occidente entero, en esta hora de desfallecimiento, el que reclama la gracia espiritual de Roma, (...) la fuerza homogénea, recia, simbolizada por tres mil años de civilizaciones". (9)

    En julio de 1935 Agorio fue invitado como periodista, junto con otros colegas latinoamericanos simpatizantes de la Alemania nazi, a participar del primer viaje del Zeppelin Hindenburg entre Rio de Janeiro y Berlín. Durante su estadía en Alemania se publicaron en "La Mañana" artículos referidos a la situación política, los que posteriormente fueron recopilados en "Impresiones de la Nueva Alemania" (1935).

    A su arribo, pronunció un discurso en la radio agradeciendo la recepción ofrecida por los alemanes del Tercer Reich. En la alocución criticó a la Alemania de Weimar, argumentando que estaba dominada por la banca extranjera y por las finanzas internacionales. Aquel era un país, decía Agorio, anarquizado por los partidos políticos, que habían aprovechado la política en beneficio propio. En cambio el presente, la Alemania de Hitler, mostraba la esencia del pueblo alemán.

    Los sucesivos artículos que Agorio envió a "La Mañana" enaltecían el régimen nazi, elogiaban el orden, la disciplina y el trabajo sacrificado, y ensalzaban el nacionalismo, la raza y la juventud alemana, pilares y símbolos de la "Nueva Alemania".

    Agorio fue el primer intelectual que reflexionó sobre el fascismo, considerándolo una salvación para Occidente y para nuestro país. Posteriormente, entre 1935 y 1940, se sumaron a la causa fascista varias publicaciones –revistas, periódicos, mensuarios- y distintos grupos políticos defensores del falangismo en España y del régimen de Mussolini. Inspirados en las ideas de la derecha radical, comenzaron a hacer una prédica en pos de una revolución nacionalista. El objetivo de todos ellos era la destrucción del sistema político liberal y la instauración de un régimen corporativo.